CRITICAS DE LOS PRINCIPALES CRITICOS DE ARTE
Odalís Pérez - Abil Peralta - Laura Gil - Virginia Goris - José Sejo
“El arte es armonía”,
George Seurat “…….una armonía paralela
a la naturaleza”. Paúl Cèzanne.
“Tejiendo
ilusiones”, la idílica visión de la naturaleza
en la obra de Pedro Ortegarias.
Por Virginia Goris
Acuciando
una evolución notable en relación a sus anteriores
creaciones, Pedro Ortegarias; nos muestra en su presente exposición:
“Tejiendo ilusiones”, su idílica visión
de la naturaleza, recreando un mundo onírico de timbre
lírico, lúdico, ancestral, una arcadia soñada,
la secreta ambición de perpetuar en el lienzo la referencia
visual del paisaje rural colmándolo de los elementos
nodales, exaltados al cenit de la belleza ambiental.
Salvando
con su canto armonioso y visual, la agonía y depredación
planetaria, nos sumerge en la loable misión similar a
la que efectuara el gran Paúl Gauguín, en su constante
búsqueda del tiempo perdido, con esa mística propuesta
nos pone en sintonía con la magia de la naturaleza, que
el recrea con un lenguaje, ingenuo, naif, donde todo es posible,
desde el vuelo fantasioso, desinhibido encantador , en el cual
la perspectiva es volátil, y la simbología es
un elemento aglutinador y trascendente.
En
la surrealizante temática de Ortegarias, el artista se
reinventa en cada pieza que sale de su estro motivador, con
su visión de narrador visual nos cuenta sus historias
ambientalistas: El árbol en aglutinación boscosa,
las aves del campo mensajeras, “petrificadas”, a
lo Magritte, recursos acuíferos abundantes y limpios
que brotan de cuencos de higüero, de yaguas, hojas y otros
recipientes, liquido salpica, moja y riega la tierra árida,
depredada, a las que al conjuro de su mágico dictamen
las prepara para hacerlas parir los frutos que nos sirven de
alimentos cotidiano.
Tras
esas aguas cristalinas, también se arremolinan, las juguetonas
palomas mensajeras, o se deslizan rumorosas por las páginas
abiertas de los libros como si quisieran transmitir sus conocimientos
sobre la conservación del medioambiente, así también
la recrea bajo la superficie terrestre, y el mar es fuente de
inspiración; en el “navegan” bajo sus aguas
cardúmenes de peces multicolores, ágiles, merodeando
los libros, que cual veleros cruzan raudos, por la masa azul
apastelada, pieza que tiene en primer plano la grácil
forma de una guitarra que armoniosa la recrea aportando sus
formas.
Su
explícito espíritu musical se expande por la epidermis
de sus lienzos: guitarras, tamboras, güiras, bongoes, arpas,
acordeón, elementos que le otorgan un toque folclórico,
costumbrista, y al mismo tiempo refieren los buenos tiempos
vividos en alegre camaradería, o cuando testimonian momentos
de dulce nostalgia, la que se instala persuasiva en esas piezas
armoniosas, simpáticas, un sugestivo empaque que aglutina
lo mejor del campo, con lo festivo de los acordes musicales.
Hay
en su pintura un notable sustrato panteísta, una exaltación
simbólica del árbol como guardián generoso
del bosque, como origen primigenio de lo vegetal, del verde
esmeralda de las montañas, de frutos jugosos, de plantas
espectaculares, imprescindibles para la oxigenación humana,
también traduce su representación como un grito
premonitorio del holocausto vegetal, del exterminio de los mismos
ante el paso de la civilización y el urbanismo mal entendidos.
Su
obra es un canto ecológico, la pasión por el árbol,
enjundiosa y militante de la defensoría de su necesaria
existencia planetaria, y del equilibrio del medioambiente, del
rescate de los umbríos pero diezmados reductos boscosos,
de la aldea global, obra testimonial, en la que deja jirones
de su alma, su rutilante imaginación es guardián
emocional, de la heredad bucólica de antaño que
el pretende perpetuar tras la conciencia del hombre nuevo que
deberá surgir tras la nueva educación ambientalista
a la que debemos avocarnos con premura, como la única
salida de asegurar la permanencia saludable del hombre en el
universo depredado.
Tienen
sus creaciones el empaque de un realismo fantástico,
ingenuo, primitivo y fabuloso, vuelo fantasioso, expresión
desinhibida, naturalista panteísta, una vocación
militante de forjar en sus espectadores la autoconciencia de
convertirse en un propulsor de la defensoría armoniosa
de su hábitat.
Delirio
onírico, propuesta idílica de un estadio anhelado,
reforzado por los recursos técnicos del neo puntillismo,
heredad universal de Van Gogh, Pizarro Cezanne, Mattisse, Derain
y Seurat, y retomando en el país por el maestro Cándido
Bidó, elemento que junto a lo que denomina rayismo acentúan
lo visual en la configuración de sus planos yuxtapuestos,
y dan vuelo creativo a sus composiciones
En
su cromatismo de cálidos y fría tonalidades nos
provocan una grata placidez y calma, en los que predominan,
azules degradados, amarillos, verdes, grises, rojo y con ellos
perpetúa una riqueza tonal, que le aportan un colorismo
contrastante, exaltados con la vehemencia de sus sueños
anhelados, de la pureza del entorno que es el mensaje primario
de sus composiciones.
Pedro
Ortegarias, transita con buen augurio por una pintura primitivista,
naif, ingenua, con argumento altamente humano, en el que grafica
una realidad ambicionada, con la que sin dudas satisface una
necesidad espiritual provocada por su sensibilidad herida ante
el holocausto ambiental que nos sumerge en un mundo diezmado
por la ambición desmedida de los mortales. Sus obras
claman a gritos por una rectificación, pero mientras
esa arcadia que promueve se entroniza en nuestros corazones,
nos quedamos con la cálida exhortación de que
miremos y admiremos su excelente trabajo plástico.
Virginia Goris
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